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El personal de quirófano va a estar muy concentrado en todas sus actividades pero no van a olvidar prestar al enfermo toda su atención de cara a que se sienta lo más tranquilo y confiado posible.
En breves instantes el paciente es colocado en la mesa de quirófano para que el anestesista proceda a inducir la anestesia. En pocos minutos el paciente estará dormido, totalmente controlado con diversos monitores que informan sobre las constantes vitales (tensión arterial, frecuencia y eficacia del latido cardíaco, oxigenación de la sangre) y de la función de los aparatos de anestesia (presión de aire en los pulmones y concentración de gases anestésicos, entre otros).
Todo listo para Empezar la operación
Una vez anestesiado el paciente, el anestesista comprueba que todo está controlado y autoriza al cirujano a preparar el campo quirúrgico. Esta fase consiste en colocar al paciente en la posición idónea para acceder directamente el lugar donde se ha de intervenir.
Dentro de quirófano es imprescindible estar con un gorrito y una mascarilla que cubren cabello, nariz y boca. El cirujano, los ayudantes (también cirujanos) y los instrumentistas se lavan a fondo las manos y los brazos, aplicando agua a chorro, jabón y desinfectantes. Una vez higienizadas las manos, se procede a vestir a los cirujanos. Para ello la instrumentista les facilita una bata larga estéril y les son enfundados los guantes, con un ceremonial clásico en cirugía, que debe hacerse siempre con todo rigor. Según sea el campo a operar se desinfecta la piel y se colocan unos paños de tela que delimitan un cuadrado totalmente estéril y aislado del resto del cuerpo. Este es el sitio en que se realizará la incisión en la piel.
El cirujano coloca bien las luces, comprueba que todo el material está listo y verifica que su ayudante está preparado para la intervención.
Tras preguntar al anestesista si todo está correcto para comenzar empieza el primer tiempo de la intervención.
Transcurso de la operación
El cirujano pide "bisturí" a la instrumentista y procede a abrir la piel y acceder al foco que interesa tratar. La piel se corta (incisión) con el bisturí, instrumento de corte fino y muy preciso, capaz de seguir con exactitud la dirección y profundidad que desea el cirujano. En ese momento los cirujanos pasan a un estado de profunda concentración en el que se centran en todos los detalles que van sucediendo.
Las intervenciones se realizan generalmente siguiendo unas rutinas. Es decir, se intenta ir cubriendo etapas ordenadamente una tras otra, para acabar terminando la operación de una forma reglada. Las improvisaciones, si bien pueden ser a veces la mejor actitud, no son apreciadas por los cirujanos. Ellos prefieren seguir rutinas muy exactas para evitar situaciones fuera de control, si bien son capaces de decidir maniobras rápidas si el caso lo requiere. La preparación profesional de un cirujano es ardua y el nivel de excelencia se consigue cuando se han realizado muchas intervenciones. La experiencia hace que las rutinas estén muy aprendidas y que todas las posibles variaciones o maniobras no previstas estén entrenadas de antemano.
Durante toda la operación el cirujano y el ayudante solicitan el instrumental necesario para cada maniobra (tijeras y pinzas de varios tipos, separadores, aspirador, coagulación eléctrica, puntos para "coser" o suturar y gasas). Existe un instrumental general pero también otro especial de cada tipo de intervención con lo que en un área quirúrgica existen millares de instrumentos de todo tipo, cada uno de ellos con su nombre propio y ordenados en cajas, listas para cada intervención.
Normalmente los instrumentos llevan el nombre del cirujano que los inventó, así no es raro que el cirujano pida un Kocher (pinza fuerte), un Farabeuf (separador manual pequeño), una Bengolea (pinza larga suave), una Metzenbaum (tijera larga fina) y un interminable etcétera.
La instrumentista da y recoge los instrumentos que piden los cirujanos. Para ello se sigue un protocolo de etiqueta en el que se intenta que el instrumento llegue a la mano del cirujano sin que éste tenga siquiera que mirarlo. Basta que estire la mano y lo pida para que el instrumento llegue en posición a su mano listo para usar. Estas maniobras requieren una gran compenetración entre cirujano e instrumentista.
Mientras tiene lugar la intervención el anestesista controla las constantes vitales del enfermo y consigue que permanezca totalmente dormido, es decir que no sea consciente de nada y que no sienta ningún tipo de molestia.
Finalización de la operación
Una vez completado el objetivo de la intervención y terminadas todas las fases se hace una minuciosa inspección del campo operatorio en busca de puntos de hemorragia o lesiones inadvertidas. Los órganos movilizados durante la intervención son recolocados en su sitio anatómico. Si es preciso se coloca drenaje, cuyo objeto es que, por su interior, se canalicen y salgan las secreciones o supuraciones que tienen lugar en el interior del cuerpo en los días inmediatos a la operación y que conviene que no se acumulen.
Un detalle primordial es que al dar por concluida la fase fundamental de la intervención se verifique que todo el material empleado, incluidas las gasas, está fuera del paciente, con objeto de no dejar nada olvidado en el interior. Si todo está en orden el cirujano, que es el responsable máximo en la toma de decisiones en ese momento, da por terminada la fase fundamental de la intervención y procede a prepararlo todo para el cierre.
Este último tiempo de la operación, que consiste en el cierre de la herida, es muy importante ya que de él dependerá que el aspecto del enfermo sea el correcto una vez pasado tiempo de la intervención. Defectos o prisas en la fase de cierre pueden acarrear importantes problemáticas para el enfermo, al margen del malestar que provoca una herida poco estética o con una sutura defectuosa. Hay que recordar que la herida es el recuerdo que el enfermo se lleva para siempre a su casa. Conviene que sea cuanto menos mesurada, estética y bien realizada. Para ello se aproximan los músculos abiertos (se cosen con puntos) y se cierra la piel (con puntos o grapas). Una vez hecho esto se da por concluida la intervención. Y llega el momento de proceder a la reanimación del paciente, es decir, de despertarlo de la anestesia.
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