La mayoría de las especialidades quirúrgicas tratan
cada vez con más frecuencia a personas muy ancianas. En cierta manera,
los cirujanos nos hemos ido acostumbrando a operar a los viejos con toda
naturalidad y a aceptar que la edad, por si misma, no debe ser motivo para
excluir a nadie de un tratamiento quirúrgico.
Hasta hace pocos años está cuestión no estaba tan
clara. La ancianidad se consideraba como un factor de riesgo insalvable y
no parecía prudente proponer cirugía a algunos de los problemas de los
viejos. Sólo los casos de urgencia vital se salvaban de esta condición,
mientras que el resto de enfermedades quedaban sin tratamiento y formaban
parte del bagaje que los ancianos habían de sobrellevar en los últimos
años de su vida. Era común hallar gente mayor con hernias, cataratas,
artrosis o enfermedades de la próstata a las que ningún cirujano osaba
poner remedio.
El motivo era simple: no se disponía de medios ni
conocimientos para ofrecer al anciano unas correctas garantías de
recuperación después de la operación. Los enfermos lo sabían y no
consultaban. Todos aquellos padecimientos quedaban en secreto, o no se les
prestaba atención porque eran considerados "cosas de la edad".
Por fortuna, hoy en día todo esto ha cambiado. El
sucesivo envejecimiento de la población, la mejor reserva de salud de
nuestros ancianos, los avances de la medicina y la concienciación médica
y social de que el ser humano viejo debe ser curado siempre que sea
posible han hecho que, poco a poco, la cirugía haya ido extendiendo su
radio de acción a personas que superan ampliamente los 70 años.
Además los propios ancianos desean, siempre que sea
posible, soluciones definitivas a sus problemas de salud, y piden al
cirujano que les trate sin complejos. Además muestran una valentía
especial frente a las enfermedades y un agradecimiento sincero a los
médicos que les dan soluciones. Probablemente recuerdan la poca atención
sanitaria que existía cuando eran jóvenes, en comparación con la época
actual, en la que toda la población disfruta de servicios sanitarios.
Muchas veces, el anciano permite al médico que se
establezca entre ambos un vínculo más profundo que la habitual relación
médico-paciente, donde el profesional llega a proteger y cuidar
escrupulosamente al anciano, y el anciano ofrece al médico su perspectiva
de las cosas, con su especial forma de ver la salud y la enfermedad, desde
la atalaya de la experiencia vital. Fluyen así historias que el viejo
cuenta a su médico, como si de un amigo se tratara.
Los médicos jóvenes tienen acceso a conocer sucesos
perdidos en la memoria de la gente, justo hoy día donde la opinión de
los ancianos no es tenida en cuenta por la juventud. Yo mismo he sido
testigo de increíbles relatos de posguerra, explicados desde diferentes
puntos de vista, así como de viajes intercontinentales cuando sólo era
posible hacerlos en barco, o de situaciones insólitas, propias de tiempos
pasados, muy difíciles de entender hoy día. También he participado del
recuerdo de otras personas desaparecidas, como hijos, cónyuges o amigos,
que dejaron al anciano desarmado frente al devenir de los años.
Charlas y cambios de impresiones en el precario espacio
de una consulta médica, donde nunca sobra el tiempo, pero donde los
médicos oímos historias de todo tipo, a veces desternillantes, pues los
ancianos poseen un sentido del humor envidiable. Muchos de ellos siguen
practicando múltiples actividades y se mantienen en forma. Algunos, pese
a su avanzada edad, son muy independientes y la salud es un bien necesario
para mantener su ritmo de vida, al que no quieren renunciar.
A pesar de lo que pueda creerse, hay ancianos que viven
intensamente la vida y no merecen el calificativo de "viejo".
Son personas que no han renunciado prácticamente a nada de lo que hacían
cuando tenían 40 años.
Este el caso del Sr. Boix, un personaje de más de 80
años que acudió a mi consulta para que le examinara una lesión en la
zona superior del labio.