EXCEPCIÓN EN ANATOMÍA HUMANA


Un relato sobre la experiencia real vivida por un estudiante de Medicina en las salas de disección anatómica.

Capítulo 1

 

La decisión más importante durante mis estudios de Medicina fue la de presentarme a una plaza de alumno interno en la Cátedra de Anatomía Humana. Desde que empecé la carrera me fascinó el conocimiento del cuerpo humano, y dediqué horas enteras a estudiar las láminas donde la anatomía era plasmada hasta el más mínimo detalle.

No contento con aquellos estudios, empecé a acudir cada vez con más frecuencia al departamento de Anatomía, donde los profesores contestaban a mis dudas y yo podía profundizar en el estudio de la topografía humana.  

Una vez aprobadas las asignaturas de Anatomía de primer y segundo curso, me propuse ingresar como ayudante de disección, así que me dirigí a la secretaria de la Cátedra a solicitar mi inscripción al examen de acceso. No tuve dificultad alguna para ingresar dado mi interés y buena predisposición. Ya conocía la sala de disección y el resto de dependencias de la Cátedra, a la que siempre me había acercado con una sensación de respeto y curiosidad.

Una vez aceptado como uno de sus miembros, me sentí como en casa desde el primer momento. No entendía a algunos estudiantes que rehuían el contacto con esta actividad, el estudio de la anatomía, quizás porque debía practicarse directamente sobre cadáveres. Por mi parte, y dada la inquietud que siempre tuve por conocer los entresijos del cuerpo humano, no representó para mí ningún problema trabajar día a día con aquel tipo de material. La actividades de los internos eran supervisadas por profesores que conocían profundamente la asignatura y, poco a poco, todos los estudiantes admitidos, fuimos mejorando en nuestros conocimientos anatómicos y adquirimos los primeros hábitos para diseccionar. Los progresos nos permitían conseguir preparaciones en las que estudiar de forma muy concreta algunas particularidades, como articulaciones, tramos circulatorios o las relaciones entre los órganos contenidos en el cuello, el tórax o el abdomen.

Al margen de nuestra actividad como disectores, también ayudábamos a impartir las clases prácticas de Anatomía, con lo que nos sentíamos un poco maestros de los demás, y disfrutábamos de un gran prestigio entre todos los  estudiantes de la Facultad. Por todo ello, yo estaba muy satisfecho de mi decisión, aunque las obligaciones en el departamento me restaran tiempo para el estudio de otras materias. Mi afición era tal que pasaba tardes enteras, y dedicaba fines de semana, a encerrarme en la sala de disección para acabar alguna pieza anatómica y dejarla lista para las lecciones de la siguiente semana. No era yo el único en hacerlo, otros compañeros, que hoy son buenos cirujanos en diversas especialidades, también pasaban mucho tiempo entregados por entero al estudio de la Anatomía.

Los cuerpos humanos en los que trabajábamos eran obtenidos de donaciones que las propias personas habían hecho voluntariamente en vida. Donaban su cuerpo a la ciencia y esta voluntad suya era beneficiosa para todos aquellos que deseábamos aprender anatomía humana, conocimiento imprescindible para poder desarrollar habilidades que nos fueran después útiles con los enfermos, especialmente cuando nuestra intención era dedicarnos a la cirugía.

Los cuerpos de los donantes eran tratados con el máximo respeto. Ello incluía un cuidadoso embalsamamiento, un almacenaje en piscinas de formol, de las que eran extraídos y reintroducidos los cadáveres según las necesidades de material anatómico de la Cátedra, y una preparación para inhumar. La disección se realizaba en mesas de mármol, auténticas joyas de la Facultad, que venían siendo usadas durante varias centurias y, de hecho, eran muy similares a las usadas en el renacimiento por el gran anatomista Vesalio. 

Una vez los cadáveres habían cumplido la misión de servir a la ciencia, eran preparados y depositados en los féretros de que disponía la Cátedra. Realizada esta tarea, los restos de los donantes eran entregados a la funeraria, que procedía a su enterramiento.

 

Para continuar con la historia elija la respuesta correcta a la siguiente pregunta:

¿Díganos cuál de estos músculos está situado en el cuello?

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