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ALGO MÁS QUE
UN PACIENTE
Una
historia de lucha contra el cáncer de próstata, donde médico y paciente
establecieron un fuerte lazo de mutua confianza, aunque la enfermedad
acabó por imponer su trágico dictado.
Capítulo
1
El señor Guerrero acudió
puntualmente a la visita concertada en las consultas de Urología. Cuando
entró nos miramos a los ojos fugazmente. Él venía con su mujer. Después de
un breve saludo les ofrecí asiento a ambos, al otro lado de la mesa.
Como médico
tenía noticias importantes que darles, y el Sr. Guerrero lo sabía. Una
sonrisa amable por su parte puso en marcha nuestro diálogo.
-¿Cómo está Sr.
Guerrero? –le pregunté.
-Usted debe decirlo mejor
que yo, doctor.
-Bueno –añadí con cierto embarazo- tenemos
los resultados de la biopsia. Sabemos ya con certeza qué tipo de
enfermedad tiene Usted.
Él asintió y yo
continué.
- Hemos visto que las
células de su próstata crecen muy deprisa. Pensamos que se trata de un
tumor.
-¿Significa eso que tengo
cáncer?
El Sr. Gerrero aceleraba
con esta pregunta el ritmo que yo tenía previsto para la visita, pero con
ello me estaba pidiendo sinceridad y claridad.
- Podemos decir que sí –le
dije, mirándolo con tranquilidad- Aunque me gustaría hablarle sobre todo
de soluciones. El cáncer de próstata suele tener buen pronóstico hoy
día y, además, tenemos muchas cosas para tratar su enfermedad.
- Estoy en sus manos doctor
–respondió.
- Mi marido y yo confiamos
en Usted. –intervino la señora.
En ese momento sentí que,
a diferencia de otros casos donde ya no se entabla una comunicación tan
fluida, comenzaba la lucha contra una enfermedad que iba cambiar la vida de aquellas personas y que, en mi caso, me
implicaría más allá de lo profesional. La palabra confianza despertaba en
mí un ánimo de acercamiento a las vivencias que el paciente y su familia
tienen de la enfermedad. Por eso dije:
- Pondré todo lo que tenga
en mis manos para sanarle, pero lo primero que quiero transmitirle es
tranquilidad, su problema tiene solución. Hoy nos vamos a centrar en eso, Sr.
Guerrero.
- ¿Qué posibilidades
tengo de salir adelante? –me preguntó.
- Muchísimas –respondí
convencido- aunque ahora es preciso solicitar nuevas pruebas para conocer
exactamente el alcance de la enfermedad
Si bien el diagnóstico de
la enfermedad del Sr. Guerreo había sido muy temprano, su edad –era
joven aún: 61 años- y los análisis de sangre, me hacían prever que
quizás no fuera posible erradicar del todo su enfermedad. Era preciso no
obstante disponer de las exploraciones que demostraran de forma evidente
mis sospechas. Por el momento preferí no alarmarle, en un intento de
predisponerle lo mejor posible a luchar de forma positiva contra su
enfermedad.
- Le van a hacer un
escáner del abdomen y una prueba de huesos –le comuniqué con tono
rutinario.
- ¿De huesos? –preguntó
extrañado- ¿Qué tienen que ver los huesos con la próstata?
-Los tumores de próstata
tienen una especial facilidad para alcanzar los huesos –le expliqué- y
también los ganglios del abdomen –añadí- por eso le pido estas dos
pruebas, pero tranquilícese, no tienen por qué dar un resultado adverso.
- ¿Sospecha Usted
que el cáncer está extendido? –me preguntó de nuevo el Sr.
Guerrero con su estilo tan directo.
- No tiene por qué
estarlo –contesté- Esperemos los resultados. Hay muchas
posibilidades de tratamiento para su enfermedad, tenga de veras
confianza.
El Sr. Guerrero miró
a su mujer. Se notaba que ambos eran viejos compañeros de viaje y
que, una vez más, había llegado el momento de unirse para afrontar
una nueva dificultad. Parecía que las desgracias no venían solas:
En la anterior visita me habían comentado que un hijo había tenido
que cerrar el negocio, ya que no le iban bien las cosas. Debía
bastante dinero aún. Las deudas estaban ocasionando un verdadero
problema económico a toda la familia.
- ¿Son complicadas
las pruebas que han de hacerle a mi marido? –preguntó ahora la
mujer.
- En absoluto –respondí-
La de huesos no tiene riesgo alguno y no es molesta, sólo le darán
un pinchacito en el brazo. El escáner consiste en hacer
radiografías. Es necesario el uso de contraste iodado, una
sustancia que se inyecta en vena y que nos permite ver bien los
riñones y la vejiga. Puede dar reacciones alérgicas, pero el
riesgo es bajo. También le pondrán un enema para ver bien el
intestino. Le recomiendo que se haga las pruebas, son importantes
para decidir qué tratamiento es el mejor.
Ambos asintieron. La
visita concluía ya. La enfermera rellenaba los formularios y
preparaba el libro de visitas.
- Nos vemos en dos
semanas –les dije-, con los resultados de las exploraciones.
- En fin, doctor,
esta noticia ha sido muy fuerte para nosotros pero le agradezco su
claridad.
- Esté tranquilo,
Sr. Guerrero –le interrumpí- vea la parte positiva de su
problema, la posibilidad de curarse. Esta es una mala época pero
pronto irán mejorando las cosas.
Le alargué la mano
con una sonrisa y me la estrechó brevemente pero con firmeza.
Después saludé a su señora.
- Adiós, nos vemos
en pocos días –les dije- y salieron del consultorio.
La enfermera preparó
la siguiente visita y guardó silencio. Después de años de
trabajar juntos conocíamos bien nuestras reacciones ante cada
enfermo. Ambos teníamos la certeza de que el Sr. Guerrero era uno
de esos pacientes que tienen algo especial, que son capaces de dejar
una marca que no se borra nunca.
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